Historia de Alatoz.


En Historia de Albacete, obra de José Cano Valero y cols., Francisco Fuster Ruiz nos recuerda (Prólogo, pág. 15) algunas de las desafortunadas y despreciativas frases de Rodrigo Amador de los Ríos, escritor muy famoso a finales del s. XIX, sobre Albacete capital: “Albacete no tiene historia”, “carece de genealogía y de abolengo”“es un lugar fronterizo, de nombre oscuro y sin historia propia y verdadera”.
Igualmente, aunque quizá con más desconocimiento y menos malicia, Gustavo Doré, cuando visitó nuestra capital, nos obsequió con las siguientes lindezas: “...Albacete es la cloaca más sucia e inmunda en la que uno puede atascarse”.
Estas ideas, al parecer, eran las imperantes sobre nuestra capital en épocas decimonónicas y se extendían igualmente al resto de la provincia.
Miguel de Unamuno, genio creativo, enorme y clarividente de la Generación del 98, en 1932, cuando visitó Albacete como mantenedor de unos Juegos Florales, superó esa negativa imagen de Amador de los Ríos, observando cómo la sociedad albacetense, lejos de añorar su pasado, se volcaba en construir el futuro.
Esa idea de la aparente ausencia de monumentalidad histórica en Albacete, amén de la idea de los intelectuales albacetenses de la posguerra de que existía un gran desconocimiento generalizado en España sobre nuestra provincia, dolía y preocupaba a la generación de jóvenes albaceteños de los años posteriores a la Guerra Civil. Éstos, entre 1959 y 1961, editaron la revista “Cal y Canto”, que vino a dinamizar el decaído panorama intelectual, literario, científico y artístico de Albacete durante aquél corto trienio.
El mito asumido por todos de que “Albacete no tiene historia” y las amargas quejas por el desconocimiento de lo albacetense en España, hacían escribir a Ramón Bello Bañón, en el primer editorial de dicha revista, en 1959: “Por todo lo largo y ancho de la geografía peninsular, Albacete no significa nada”... “El genérico problema de las provincias españolas, estúpidamente provocado por una centralización en todos los órdenes, se agrava con carácter específico en provincias como la nuestra”... “...provincias tristes, donde el trabajo no es labor de cada día sino necesidad de cada hora...” El terrible editorial indica que, en palabras de Francisco Fuster, la juventud intelectual de los años 50-60 mostraba un espíritu que parece más derrotista incluso que el de la propia Generación del 98, aunque denota un albaceteñismo agresivo, urgente y necesario que atrajo la atención de Azorín, enamorado de Albacete y uno de los escritores que más piropos ha dedicado a nuestra tierra, contestando Bello Bañón en ABC, en un artículo titulado Recuadro de Albacete, con “una réplica afectuosa y urgente a las quejas de la revista Cal y Canto”: “Vosotros, albacetenses, ¿qué es lo que queréis? ¿Lo sabéis vosotros? ¿Necesitáis al turista ofuscado y presuroso? ¿Ambicionáis un relumbre falso a cambio de vuestra dignidad íntima?”... “...Albacetenses queridos, atesoráis la más meritoria de las humildades: la de creer que no se es nada cuando se es todo”, contestaba.
Cal y Canto, las aportaciones de muchos intelectuales albacetenses y foráneos (como Unamuno y Azorín) fueron aportando el germen a partir del cual las sucesivas oleadas de jóvenes intelectuales inquietos de Albacete han hecho desterrar el ernicioso mito con el que nos anatemizó Amador de los Ríos. Sucesivamente, publicaciones como Al-Basit, Barcarola y otras, instituciones como el Instituto de Estudios Albacetenses, el Cultural Albacete, la U.N.E.D., la Universidad de Castilla-La Mancha, etc, van haciendo desterrar y superar esa falsa idea, maliciosa y trasnochada que sostiene que no tenemos historia.
Ese mismo mito, equivocado y dificil de erradicar del todo, malvive todavía en muchos de nuestros paisanos, que piensan, con desazón al menos, que nuestra tierra proviene de la nada, que antes que nosotros no hubo nada, ni nadie en la provincia albacetense.
Esta injusta y falsa teoría, machacona losa que, sin comerlo ni beberlo, nos colocó encima don Rodrigo Amador de los Ríos, a finales del s. XIX, es el que vamos a intentar derribar con este ariete que proporcionan los conocimiento a los que hemos podido acceder y que ahora os presentamos.
Porque, a pesar de lo poco (o mucho) que ha podido legar a nosotros, es evidente que a quien le interesa conocer, encuentra lo que busca (obviamente, antes que nosotros no fue “la nada”).

Prehistoria e Historia Antigua.

Las sociedades de cazadores-recolectores.

Asimilando a nuestra comarca los datos de los hallazgos conocidos en territorios próximos, podemos deducir la presencia de grupos de Homo erectus durante el Paleolítico Inferior (yacimientos arqueológicos de La Fuente, en Hellín, y La Jaraba, en Villarrobledo), Neandertales en el Paleolítico Medio, o Musteriense (yacimientos en Alcadozo, Liétor, Ayna, Tobarra, Hellín, Sotuélamos-Villarrobledo) y Homo sapiens sapiens desde el Paleolítico Superior (instrumentos hallados en el Abrigo del palomar, en Yeste, pinturas rupestres de la Cueva del Niño, en Ayna) y el Epipaleolítico (yacimientos del Arroyo de Abengibre, y del Arroyo del Vadico en Yeste..
A falta de confirmar su origen, existe un lugar en Alatoz con abundantes restos de industria lítica.

1. Primeros agricultores.

Desde el Neolítico, existen yacimientos que demuestran la existencia de grupos de agricultores. Este proceso aparece en la Península Ibérica en el Neolítico, entre los años 5.000-4.000 a. C.
Próximos a nuestra comarca son los yacimientos del Abrigo del Molino del Vadico, en Yeste y el de La Fuente de Isso, en Hellín.
Restos cerámicos del Neolítico (5.000-4.000 a. C.)se han encontrado en la Cueva del Niño (Ayna) y en Cueva Santa (Caudete).
Restos neolíticos de piedra se han encontrado en Carcelén, posiblemente con función votiva.
Del neolítico son las pinturas del Arte Rupestre Levantino. Algunos de los abrigos pintados más importantes de este tipo de arte rupestre están a escasos Km. de Alatoz: los de Alpera (Cueva de la Vieja, Cuava del Queso, Fuente de la Arena, Carasoles del Bosque, Tortosilla...) distan unos 15 Km. de Alatoz. No es descabellado que alguno de los pintores pudiera deambular o cazar en nuestros montes algunos de los animales representados en las paredes rocosas del cerro de El Bosque. Estas representaciones pictóricas son muy abundantes en toda la provincia: Almansa, Hellín, Letur, Socovos, Yeste, Alcaraz. También hay abrigos cerca de Alatoz en la comarca del Valle de Ayora.

2. Las culturas de los metales en Albacete.

Tras el Neolítico, en la Edad del Cobre, aparecen yacimientos con restos de utensilios de este metal en posibles poblados de Caudete y la cueva de las Calaveras en Montealegre del Castillo, así como en enterramientos colectivos (sierra del Tobar de Letur) y en el yacimiento de La Gotera, cercano a las Lagunas de Ruidera. Esta primera cultura metalúrgica da paso a la Edad del Bronce, de características propias en la zona de Albacete y Ciudad Real que la diferencian de la Cultura del Argar, con asentamientos en morras o motillas y castillejos.
En esta época, el conocimiento de algunos metales y el desarrollo del comercio, modificó la manera de vivir de manera sustancial. Los pilares de esta cultura seguían siendo la agricultura y la ganadería, como demuestran los hallazgos de restos de molinos, dientes de hoz y cereal carbonizado encontrados dentro de vasijas en algunos yacimientos. A partir de los restos hallados, se puede conocer cómo era el medio natural en que vivieron nuestros antepasados en aquella época. El entorno de la laguna de El Acequión, cerca de Albacete, era un bosque con encinas, pinos y alcornoques. El bosque fue deforestado en el s. XIX a.C. y, en una tercera fase, se regeneró con pinos, encinas y robles, cuyas maderas se utilizaron en la construcción de cabañas del poblado. Un poblado en el paraje de Los Cuchillos, en el Corredor de Almansa, permite conocer que los encinares estaban en retroceso frente al pino carrasco y los romerales. En ambos poblados se hallan restos de caballos y cabras, cuyos huesos eran también aprovechados para hacer punzones, botones, alisadores,…
No se han encontrado yacimientos de metales en la provincia, por lo que se supone que los objetos metálicos hallados s serían importados o fabricados en pequeños talleres caseros.
Sí parece haber sido explotada la extracción de sal en el manantial de agua salada de Fuentealbilla y de la laguna salada de Pétrola (cerca de ambos lugares han aparecido poblados de la Edad del Bronce. Existen restos de un poblado de ésta época, catalogados en el inventario arqueológico provincial, en lo alto de uno de los cerros cercanos al Malafatón, en Alatoz.
Los yacimientos de la Edad del Bronce de la provincia muestran cómo pudieron vivir en aquella época nuestros antepasados. Los poblados más importantes descubiertos son los de Los Cuchillos (Almansa), El Acequión (Albacete), El Amarejo (Bonete), El Tolmo de Minateda, Morra del Quintanar (Munera), El Castellón (Hellín-Albatana) y suelen estar en terrenos elevados, fácilmente defendibles y con recintos amurallados, con viviendas rectangulares y circulares, con zócalos de piedra o adobes y paredes de argamasa y restos vegetales entrelazados, a veces enlucidas con barro.
Se han encontrado abundantes restos cerámicos, de varios tipos, y suelen ser de color oscuro (por ser de cocción reductora, con escaso oxigeno). También se han hallado dientes de sílex o cuarcita para hoces  o trillas y molinos de piedra. Hay puntas de flecha de piedra (El Amarejo, La Peñuela) y de metal con hojas de forma ovalada, triangular, romboidal y con aletas, con pedúnculos para insertarlas en un vástago de madera. Se han recuperado también hachas planas y pequeños puñales y alabardas con perforaciones para el mango. El metal usado es, en más de un 90%, cobre y con muy escaso contenido de arsénico y casi nada de estaño, por lo que no se puede hablar propiamente de objetos de bronce, supuestamente fabricados  en pequeños hornos domésticos. Al ser de una aleación mala, son muy frágiles.
Este tipo de metal supone que la importancia dada al comercio de metales, no debió de ser muy relevante, aunque sí debió existir cierto nivel de comercio o intercambio, como demuestra el hallazgo de materiales preciosos como el marfil (brazalete de la morra del Quintanar y un gran botón encontrado en El Acequión). También se han desenterrado pequeños botones de hueso y pesas de telares.
Parece ser que no había cementerios propiamente dichos, pues se han encontrado enterramientos en los suelos de las viviendas, junto a las murallas o en cuevas en los cerros de los mismos poblados. Sin embargo, los cadáveres se depositaban en estructuras bien definidas Las más frecuentes eran cistas (de lajas de piedra a modo de paredes y tapas) cuadradas u ovales. Son abundantes los enterramientos, junto a las murallas, hallados en Los Cuchillos (Almansa). También hay inhumaciones dentro de grandes vasijas o en huecos de las rocas. El cadáver se solía depositar en posición fetal, a veces con un ajuar funerario (cerámica u objetos domésticos).
A finales de la Edad de bronce se data la Cultura de los Campos de Urnas, representada también en nuestra provincia en un enterramiento en la Huerta del Pato (Munera), entre los años 750-650 a. c., cuyo cadáver fue incinerado antes de introducirlo en unas vasijas de influencia indoeuropea. Estos enterramientos muestran ya influencia de otras culturas y creencias, que ya empiezan a provocar transformaciones en las culturas prehistóricas peninsulares, originando grupos humanos delimitados y con caracteres propios, de los que se tienen remotas noticias gracias a escritores de época clásica y por  la interpretación de algunos de los hallazgos arqueológicos.

Los íberos en la provincia de Albacete.


Los hombres de la Edad del Bronce evolucionaron a sociedades diferentes influenciados por culturas, nuevos grupos humanos y por un nivel comercial hasta entonces desconocido. Con el paso del tiempo fue surgiendo en buena parte del territorio oriental de la península, en la vertiente mediterránea una cultura propia y bien definida y en las tierras más próximas del interior.
Los textos clásicos  nombran a los íberos por primera vez en el s. V a.C. (Avieno), situándolos en el territorio que va desde el Ródano hasta el Júcar. Existen menciones concretas al territorio que hoy ocupa la provincia de Albacete en la Geografía de Estrabón y en la Naturalis Historia de Plinio.
Existen textos clásicos en los que se nombran accidentes geográficos albacetenses, como los montes de la Oróspeda (Sierras de Segura y Cazorla), el Anas (Guadiana), el Tader (Segura) y el Soúkron (Júcar).
En los últimos años se han ido fijando caracteres específicos de los pueblos prerromanos en los territorios correspondientes a nuestra provincia, habitada fundamentalmente por Contestanos y Oretanos, siendo la franja del Júcar claramente ibérica. Los Bastetanos de la Alta Andalucía sólo estuvieron presentes en la zona más meridional de la provincia actual de Albacete. Por supuesto, se produjeron lógicos contactos e influencias entre pueblos vecinos, aunque sin llegar a anular la personalidad propia y característica de cada uno de ellos
Los Oretanos estuvieron habitando la zona occidental de la actual provincia, llegando hasta poco más al este de Lezuza. Esto lo demuestra la recuperación en excavaciones de monedas acuñadas en una de las capitales de este pueblo, Cástulo (Linares) y el hecho de que hayan aparecido inscripciones funerarias, de época romana, también en Lezuza, que indican que las élites rectoras de la ciudad procedían de territorio oretano.
Influencia Contestana tuvieron las tierras del sur provincial, como indican los hallazgos de monedas de la ciudad de Carthago Nova (Cartagena) encontrados en el Tolmo de Minateda (Hellín) y la Piedra de Peñarrubia (Elche de la Sierra), así como los restos cerámicos funerarios de ambos yacimientos y de sus entornos, con decoración vinculada a la de los pueblos levantinos.

El Territorio y recursos económicos de los íberos albacetenses:
Los poblados ibéricos se situaban en enclaves altos, aprovechando algunas veces promontorios ya usados durante la Edad del Bronce, como sucede en los casos de El Macalón (Nerpio), El Amarejo Bonete) y El Tolmo Minateda). Las elevaciones no solían ser muy altas, teniendo en cuenta que se explotaban terrenos adyacentes y que había que bajar diariamente (viaje a pie de ida y vuelta) a trabajar los campos y pastorear el ganado. Además se aprovecharon lugares elevados que permitieran también establecer comercio con otros lugares, lo que sugiere la existencia de rutas transitables (que podrían haber estado ya  delimitadas antes de los íberos) que permitieran cierto grado de comunicación (y que, seguramente, después aprovecharon los romanos para establecer su red de calzadas). Por supuesto, la propia configuración de los poblados en los cerros facilitaba su defensa.
Los análisis polínicos realizados en el yacimiento ibérico de El Amarejo (Bonete), permiten reconstruir el paisaje forestal de su entorno en dicha época, deduciendo que predominaban las mismas especies vegetales que hay en la actualidad, sobre todo en nuestras sierras (sabinas, pinos, encinas, y cultivos de cereales y leguminosas), aunque los bosques eran más extensos. El tipo de vegetación que existía permitía la existencia de cérvidos (exhumados en el yacimiento de ese lugar), ganado ovino y caprino, caballos y toros). La presencia de restos de bóvidos sugiere que existían pastos de cierta importancia. Ya desde entonces se documenta también procesos de regresión de la cubierta vegetal de estas tierras.
De la explotación del suelo quedan restos que nos indican que había zonas dedicadas a la comercialización del vino (La Quéjola -San Pedro-) e incluso lugares destinados a la fermentación de la cebada (El Amarejo -Bonete-). También se han descubierto numerosos restos de telares y de tejidos de lino y esparto (El Amarejo) que, al parecer, eran elaborados por las mujeres, según relata Estrabón y se describe en algunas representaciones en cerámica pintada.
El comercio parece que tuvo importancia incluso en la formación de estas sociedades. Las tierras de Albacete fueron lugar de confluencia de caminos que comunicaban las costas andaluzas con las levantinas, puntos de mira de fenicios y griegos. Estas rutas permitieron circular ideas y productos (cerámica, metales,…) elaborados por otros pueblos, lo que suponía un primer grado de transformación de los pueblos que las adquirían. Desde el siglo VII a.C. dichos productos e ideas fueron implantándose en la vida de los Íberos albacetenses, como ocurre con la presencia de cerámica y bronces fenicios y griegos que relataban con sus imágenes los mitos del mundo antiguo (sátiro danzante del Llano de la Consolación, en Montealegre), arquitecturas monumentales (Pozo Moro) o figuras de deidades (quemaperfumes de La Quéjola).
La existencia de carros facilitó el transporte. Existen restos de estructuras que abrazarían ruedas de madera maciza de gran diámetro -108 cm.- (El Amarejo -Bonete-), similares a las de los actuales carros del norte de España. En una vasija encontrada en un yacimiento de Elche de la Sierra hay una escena pintada que representa dos caballos tirando de un carro con ruedas de radios. Se conservan huellas de rodadura de carros en las rocas de subida al Castellar de Meca (Alpera y Ayora) y en el Tolmo de Minateda.
Existieron, en época ibérica varias vías de comunicación que atravesaban el actual territorio albacetense. Tres especialmente importantes fueron las que comunicaban el Alto Jalón con el Júcar, Levante y Andalucía (a través de la llanura manchega y el Campo de Montiel) y la que enlazaba estos últimos territorios con el Segura, a través del valle de este río.
El Camino de Andalucía, entraba por su parte oriental por la Cañada de Yecla, pasando por el Cerro de los Santos, trayecto conocido como “Camino de Aníbal”, pues fue usado durante la Segunda Guerra Púnica para el movimiento de tropas. Atravesaba los Llanos de Albacete para llegar hasta el Campo de Montiel (Lezuza) y la Sierra de Alcaraz sigueindo cursos de agua (Cañada de Yecla, río de Lezuza), lagunas (La Higuera, Pétrola), navajos (El Ballestero) o zonas endorreicas que permitían el fácil abastecimiento de agua. En su recorrido, el caminante pasaba junto a necrópolis con adornos escultóricos espléndidos de los siglos VI y V a.C. (Capuchinos, en Caudete, la Torrecica, en Montealegre, los Villares, en Hoya Gonzalo, Pozo Moro, en Chinchilla, El Salobral, Balazote). Los comerciantes dejaban cerámicas griegas (La Torrecica, en Montealegre; El Salobral; Balazote). Una vez finalizada la importación de cerámica griega, desde finales del s. III a.C. y, sobre todo, en el s. II a.C., aparecen restos de cerámica campaniense y monedas (Meca, Chinchilla, Lezuza), que indican el antiguo itinerario de esta ruta.
Desde el Cerro de los Santos (Montealegre), otra vía, más al sur que la anteriormente descrita, llegaba hasta Cástulo (Linares) pasando por los poblados ibéricos de La Fortaleza (Fuenteálamo), El Tolmo de Minateda (Hellín) y La Piedra de Peñarrubia (Elche de la Sierra).
Desde el norte, otra ruta, en la que estaba la necrópolis de Casa Quemada (Albacete), enlazaba con la de Aníbal para viajar hacia Andalucía o el Levante, presentando además, ramificaciones hacia el sudoeste y el sudeste.
Gracias al intercambio comercial, se introdujo también la escritura, con buenos ejemplos en el abrigo de La Reiná (Alcalá del Júcar), vajilla de plata de Abengibre (finales del s. III a.C.), esculturas del Cerro de los Santos (s. II a.C.) y plomos escritos de El Amarejo (finales del s. III a.C.) y El Llano de la Consolación. Se encontraron también objetos con inscripciones fenicias y griegas del s. V a.C. en Torreuchea (Hellín). Los caracteres fenicio y griego, básicamente, dieron lugar al alfabeto ibérico meridional presente en las actuales tierras albacetenses (extendido entre Cástulo y el este peninsular), escritura semisilábica, directa o retrógrada (de derecha a izquierda).
La escritura también fue difundida en monedas. Las aparecidas antes del s. III a.C., son griegas (yacimientos de El Llano de la Consolación y El Macalón). De finales del s. III a.C. son las monedas púnicas (dinastía de los Bárquidas) y romanas halladas en el área del Júcar (las más antiguas), en el entorno de Lezuza, en el de la Sierra de Alcaraz y en el Tolmo de Minateda. Entre los años 195 y 28 a.C. aumentó mucho la circulación de monedas, la mayoría acuñadas en las cecas ibéricas. Entre los años 50 y 31 a.C. las monedas de Carthago Nova fueron las más distribuidas, señalando el dominio de esa ciudad en el actual territorio albacetense.

La evolución de los poblados ibéricos.
A finales de la Edad del Bronce, las pequeñas sociedades evolucionaron debido al gran influjo del comercio y de la presencia de pueblos colonizadores.
La evolución de varios poblados desde el final de la Edad del Bronce se conoce por el estudio de los restos que albergan en sus diferentes estratos. Sobre los restos del final de la cultura del bronce, aparecen restos “orientalizantes”, procedentes del comercio con lugares del Mediterráneo oriental (fenicios y griegos). Muchos poblados fueron ocupados de manera discontinua, pero otros estuvieron siempre habitados (El Macalón), hasta que fueron abandonados muchos de ellos como consecuencia de la Segunda Guerra Púnica. Los factores causantes del abandono de los poblados durante períodos variables de tiempo, pueden estar en relación con cambios sociales, como la sustitución de monarquías sacras por sociedades aristocráticas, pero también por la potenciación de ciertos caminos y abandonos de otros más secundarios y por conflictos bélicos.
Algunos poblados ibéricos albacetenses que experimentaron cierto auge en esta épocas se sitúan en la periferia de la comarca de Los Llanos: por el NO, el Cerro del Castillo de Lezuza; por el NE, el Puntal de Peñarrubia de Alcalá del Júcar, situado a 6 Km del núcleo urbano de Alatoz y a sólo 2 Km de su término municipal, poblado que controlaba el valle del Júcar por el N y las tierras altas por el S, estando ocupado hasta época romana; al E, Meca, a caballo entre los municipios de Ayora (Valencia) y Alpera (Albacete); al S, La Fortaleza (Fuenteálamo), domina la vía natural de la Cañada de Ontigosa y el Santuario del Cerro de los Santos; al SE, El Tolmo de Minateda dominaba el paso natural hacia Carthago Nova, Al SO, La Piedra de Peñarrubia (Elche de la Sierra), controlaba el paso hacia Cástulo y Andalucía.

La religión.
La idea religiosa de las fuerzas que gobernaban el mundo de los pueblos prerromanas suele estar ligada a la naturaleza, deidades que explicaban sus caprichos y preguntas en torno al hombre. Debieron adoptar cultos o, al menos, cierta veneración hacia dioses de pueblos colonizadores, lo que explicaría la presencia de representaciones de la diosa fenicia Astarté o, hacia el s. III a.C., de la diosa púnica Demeter.
Con los conocimientos actuales, poco se puede afirmar sobre la religión ibérica.
Han llegado hasta nosotros restos de monumentos funerarios que pueden aportar algunas ideas sobre el sentimiento religioso de este pueblo.
Así, la Bicha de Balazote y las esfinges de Haches y de Ontur serían elementos de carácter propiciatorio o protector  de la tumba a la que pertenecieron. Otros elementos, como la Cierva de Caudete se le otorgaban la propiedad de transportar las almas de los difuntos al mundo de ultratumba.
Durante el primer milenio antes de Cristo, con cierta frecuencia, algunos santuarios situados en bosques, fuentes o manantiales adquirieron cierto prestigio. Así ocurrió en el ubicado en el Cerro de los Santos, en una pequeña elevación junto a la Cañada de Yecla, junto al Camino de Aníbal. A sus pies corría un arroyo de aguas sulfatado-magnesiadas con propiedades terapéuticas. Desde el s. IV a.C. fue un lugar de peregrinaje al que acudían fieles para entregar ofrendas por bienes recibidos, en ritos con base similar a los que aún perduran en nuestros lugares sagrados de peregrinación. Allí se depositaban exvotos en forma de esculturas que representan a hombres o mujeres, en piedra o en bronce, pequeños objetos personales (anillos, fíbulas, prendedores, pulseras, etc.). Algunas de las figuras halladas portan vasos de libaciones, posiblemente con ofrendas relacionadas con las propiedades curativas de las aguas del lugar. Aún no se sabe  cuál era la divinidad que dio origen a las edificaciones de este lugar. Se le ha querido relacionar con la diosa Pales, protectora de las artes. Varias esculturas femeninas sedentes, actitud que era privilegio de la divinidad, parecen sostener la teoría de que el santuario estuviese dedicado a una divinidad femenina. La todavía, misteriosa religión de los íberos ocupó otros espacios en el territorio albacetense, como las cuevas-santuario, aunque sin objetos que hayan llegado hasta nosotros para permitir fecharlas. Uno de estos sitios es La Camareta, en Hellín, usada hasta la época medieval. Otro, el abrigo de La Reiná, en Alcalá del Júcar, con grafitos inscritos en sus paredes. Estos lugares son de culto más local que el del cerro de los Santos, que algunos historiadores consideran influyente sobre un amplio territorio.
Los hallazgos en las necrópolis aportan también abundante información sobre el mundo ibérico. Al tratarse de lugares de cierta sacralidad perduran sus restos más que otros lugares de la vida cotidiana ibérica y se han conservado mejor los objetos depositados en ellas como ajuares (armas, cerámicas, adornos…) y los restos antropológicos. Los restos encontrados en Pozo Moro (Chinchilla) y los Villares (Hoya Gonzalo), indican que había un alto índice de mortandad, con restos humanos de una edad media inferior a 40 años y cremaciones conjuntas de mujeres y niños, según ritos aún desconocidos. Suelen ubicarse cerca de los lugares habitados. Para albergar algunas tumbas  se erigieron monumentos funerarios importantes, que suelen situarse junto a vías importantes de comunicación, pudiendo indicar a los viajeros la importancia de sus ocupantes.
Los cadáveres se quemaban en una especie de pira, en lugares especiales (ustrina). La cremación no solía ser total y, una vez finalizada, los huesos eran lavados y, junto con los carbones y cenizas, se depositaban en el interior de hoyos excavados en el suelo. Según la importancia social del difunto, se enterraban directamente en esos hoyos o se introducían en vasijas, más o menos ricas, tapadas con piedras, que podían estar acompañadas de un ajuar. En Los Villares (Hoya Gonzalo) dos tumbas indican que se hicieron siguiendo un ritual griego: celebración de un banquete funerario en honor del finado, tras el cual, las cerámicas griegas usadas fueron rotas y enterradas junto a los restos del difunto.
Hay hallazgos de enterramientos infantiles, diferentes de los de los adultos. Suelen estar hechas en el interior de los poblados (Hoya de Santa Ana de Chinchilla) o en necrópolis (El Tolmo de Minateda). En esta última, se trata de infantes muy pequeños de los que sólo se conservan los huesos de los cráneos, enterrados rodeando una de los monumentos funerarios, en pequeñas fosas con ajuares consistentes en cerámicas romanas del s. I a.C. o manufacturas ibéricas imitando las anteriores.
El uso de las necrópolis fue duradero. La de la Hoya de Santa Ana contiene restos desde el s. VII a.C. hasta después del s. I d.C. y en Pozo Moro alberga tumbas hasta época visigoda. Algunos objetos de los ajuares eran de gran riqueza, como las piezas de oro encontradas en Los Villares de Hoya Gonzalo o El Tesorico (Hellín) o las de marfil de Los Villares y Hoya de Santa Ana. Durante los siglos IV y III a.C. se depositaban espadas, lanzas, jabalinas, cuchillos, escudos… A finales del s. III a.C. se introdujeron cascos de origen itálico, que se relacionan con la Segunda Guerra Púnica.
En algunos cementerios se construyeron monumentos funerarios, esculturas y relieves, como en los de Pozo Moro, Haches (Bogarra) y Balazote.
En el de Pozo Moro, que debió pertenecer a algún personaje importante de la época, el hoyo de la tumba contenía objetos de lujosa cerámica griega, de bronce, hierro, plata, oro y hueso. Un recinto exterior con un murete de ladrillos, protegía el monumento, una torre elevada sobre un podio escalonado. El escalón inferior estaba flanqueado por cuatro figuras de leones, recostados sobre sus patas y con las fauces abiertas. Las altas, contienen escenas de tradición mitológica oriental (tal vez la historia de Gilgamesh), ligada al comercio con mercaderes fenicios -incluso se ha pensado en un taller gaditano como posible origen-.
Semejantes a esta tumba existen otros dos ejemplares conocidos, aunque sus características los relacionan con la mitología griega: la Bicha de Balazote y la Esfinge de Haches, altorrelieves procedentes de sillares de sendas tumbas del siglo V a.C. La Bicha de Balazote es una representación de Aqueloo uno de los ríos del Olimpo heleno (también aparece representado de forma similar en algunas monedas griegas). Ambas figuras están marcadas por la característica sonrisa de las esculturas arcaicas griegas.
En otras tumbas, como las del Llano de la Consolación (Montealegre) y Casa Quemada (Albacete), se han encontrado restos de esculturas que representaban igualmente escenas mitológicas con esfinges. En otras, con guerreros a caballo (Casa Quemada) o con guerreros asiendo al caballo por las bridas, como en La Losa (Casas de Juan Núñez). En Capuchinos (Caudete) se recuperaron fragmentos funerarios arquitectónicos (cornisa de tumba) y escultóricos (cierva, fragmentos de toros), que debieron formar parte de  otro tipo de monumentos funerarios, los pilares-estela, pilares cuadrangulares sobre monumentos escalonados coronados por cornisas sobre las que se situaban las esculturas. Otras eran en forma de palmetas, similares a las estelas áticas. En otras, las estatuas estaban directamente situadas sobre estructuras escalonadas, como en Los Villares (Hoya Gonzalo), cuyos jinetes a caballo, pertenecientes a tumbas concretas, han permitido datar fiablemente la escultura ibérica. Algunas tumbas de Los Villares son monumentos escalonados simples, sin decoraciones adicionales, pudiendo ser de diferentes tamaños y materiales.

Las vasijas usadas para depositar los huesos podían ser de uso cotidiano o exclusivas para el enterramiento, algunas de ellas, monumentos funerarios en sí mismas por la riqueza de su ornamentación.

El arte ibérico.
Entre los siglos VI y I a.C. los íberos crearon las más bellas creaciones plásticas de los pueblos prerromanos peninsulares. Pero no se puede entender su arte sin comprender la influencia que ejercieron sobre ellos  la cultura fenicia y griega primero, más tarde la púnica y finalmente la romana.
En el mundo ibero, la arquitectura, por ejemplo, en su faceta artística, está unida a la religión: lo bello y singular está unido al mundo desconocido de las fuerzas que gobiernan el mundo. Edificios singulares de esta época fueron el Santuario del cerro de los Santos y el edificio levantado en el poblado de La Quéjola (San Pedro). Las construcciones monumentales escalonadas, con decoración escultórica, de Pozo Moro, Balazote o Haches, se han comparado con las sepulturas reales neohititas o griegas.
Los pocos ejemplos arquitectónicos en la provincia tienen como contrapartida la riqueza de esculturas aparecidas en territorio albacetense. Por sus características, parecen influenciadas claramente por las culturas orientales de los pueblos colonizadores.
Desde el s. V a.C. la influencia de la cultura griega en el arte ibérico es muy evidente (fragmentos de caballos de La Losa y de Casa Quemada).
Existen piezas escultóricas ibéricas muy esquemáticas, casi cubistas, que parecen buscar la belleza destacando ciertos rasgos esenciales de la figura como la cabeza de toro y la cierva hallados en Caudete. Incluso hay tallas más bien toscas y desproporcionadas, aunque ello no es obstáculo para que sean obras de una gran sensibilidad (jinete de Los Villares de Hoya Gonzalo).
De influencia púnica parecen algunas figuras de las encontradas en el Cerro de los Santos, la Esfinge de Ontur o el león hallado en El Tolmo de Minateda.
Algunas esculturas de animales del Cerro de los Santos, en cambio, parecen más relacionadas con el arte celta, siendo más esquemáticas “pesadas y talla más tosca que las demás. De la misma influencia parece ser el León de Bienservida (s. III a.C.), que sostiene entre sus patas delanteras una cabeza humana barbada. Esto indicaría la existencia de algún tipo de comunicación o relación con los pueblos de la Meseta norte.
Los últimos tiempos de la cultura ibera, están ya influenciados por Roma, ejemplificados en algunas esculturas ornamentales (cabeza femenina) del tiempo en que la ciudad era romana, pero que están hechas con características y técnicas de ejecución ibéricas, elaboradas aún en piedra local, caliza, seguramente en algún taller indígena.

ALBACETE ROMANO.


La conquista del territorio por Roma.
El enfrentamiento bélico de Roma y Cartago acabó  con la firma del Tratado del año  226 a.C., mediante el cual se repartían sus respectivas áreas de influencia. La línea divisoria, el río Iber (el Ebro o el Júcar, según las interpretaciones), adjudicaba a los cartagineses las tierras de Levante y la Turdetania hasta Cádiz.
El asalto de Anibal a Sagunto, en el 218 a.C. sirvió de pretexto a Roma para desencadenar la Segunda Guerra Púnica y extender su poder a toda la península. Ese año, Escipión, tras desembarcar en Ampurias, se dirigió hacia Cástulo por la ruta conocida como “Camino de Aníbal, atravesando los Llanos de Albacete hacia Lezuza. De esos años de tránsito por nuestras tierras quedaron como testigos unos cascos de guerreros en bronce (necrópolis de Zama Sur, Hoya de Santa Ana y Pozo Moro), y algunas monedas (Tolmo de Minateda, Lezuza y Meca).
A partir del 195 a.C. (pacificación de Catón) el territorio peninsular fue dividido en dos provincias, la Citerior y la Ulterior. La mayor parte de Albacete quedaba en la Citerior

La importancia de las vías de comunicación:
Algunos caminos fueron hechos tras la conquista pero otros ya eran utilizados en épocas anteriores. Roma los adaptó al tránsito y los señalizó con miliarios. El poderío de Roma estuvo basado, en una parte importante en la fantástica red de caminos que tenían. En cada miliario iba impreso el nombre del emperador que gobernaba en aquel momento, así como la distancia entre dos puntos del recorrido, medidos en pasos.
Esa red de caminos permitía la comunicación con ciudades y explotaciones agrarias. Otras rutas llegaban a enlazar distintas áreas del Imperio. De éstas, tres muy importantes atravesaban el territorio que hoy forma Albacete.
La primera, el “Camino de Aníbal”, tal vez la más antigua fue intensamente utilizada por los iberos. Su itinerario está descrito en los Vasos Apolinares, de bronce, llamados así porque se hallaron en Vicarello (Italia) en las termas de Aquae Apollinares y son del s. I a.C. Señalan las distancias entre lugares entre Gades y Roma, medidas en millas romanas. En el territorio correspondiente a Albacete, indican la distancias entre Mentesam (Villanueva de la Fuente, Libisosa (Lezuza), Parietinis (Los Paredazos-Albacete), Saltigi (Chinchilla) y Ad Palem (algún lugar en torno al Cerro de los Santos. Se conservan numerosos tramos empedrados de esta vía.
Una segunda calzada comunicaba Complutum (Alcalá de Henares) con Carthago Nova (Cartagena), pasando por Saltigi (Chinchilla) e Ilunum (Tolmo de Minateda). Se conservan miliarios de esta calzada en Los Pontones (Albacete), de los años 31-33 d.C. (Tiberio-Trajano), en El Estrecho (Pozo Cañada), de época de Caracalla y en Torreuchea (Hellín), del año 238 (Maximino Tracio).
La tercera es la llamada Vía 31 del Itinerario de Antonino (s. III), debido a que en el documento aparece varias veces el nombre de Antoninous: Es de época de Diocleciano y describe el camino entre Laminio (Alhambra, Ciudad Real) y Caesaraugusta (Zaragoza), pasando por Caput Fluminis Anae (nombre que hace alusión al nacimiento del Guadiana), Libisosa, Parietinis, Saltici y Ad Putea, en la provincia de Cuenca. En el s. VII, el Anónimo de Rávena describe una variante entre Libisosa y Laminio.
Un cuarto camino, activo al menos en los primeros años del dominio romano, enlazaba el cerro de los Santos con los poblados de La Fortaleza (Fuenteálamo), El Tolmo de Minateda y Peñarrubia (Elche de la Sierra).
Estas rutas permitieron la circulación de colonos itálicos, así como de retenes y tropas, propiciando la circulación de productos que, lentamente, contribuyeron al cambio cultural que experimentaron las sociedades peninsulares prerromanas.
Desde el final de la Segunda Guerra Púnica, muchas ciudades del ámbito ibérico acuñaron monedas (con caracteres ibéricos), hasta los últimos años de la primera mitad del s. I a.C., cuando cerraron los talleres ibéricos y se inició la “masiva” circulación de monedas con inscripciones romanas. Antes de esos años, las monedas romanas aparecen ligadas al paso de tropas romanas, ya que solo existen las acuñadas en Roma para pagar a los militares (denarios del tesorillo de Cañadas, Nerpio, ocultadas durante las guerras sertorianas, en un lugar no muy alejado de la ruta seguida por Metelo, entre la Bética y Levante, antes de la batalla del Sucro. Las monedas preponderantes en el oriente provincial, hasta Lezuza, y en la Sierra de Alcaraz provienen de las cecas de Cástulo. Las que predominan en el resto del territorio provincial provienen de Carthago Nova. También han aparecido muchas acuñadas en el Valle del Ebro, siguiendo un eje que va desde dicho valle hacia Andalucia, siguiendo la Vía 31 del Itinerario de Antonino, antes mencionada, entre Laminio y Caesaraugusta, poniendo de relieve la importancia de esta ruta sobre todo a partir del s. II a.C.
Obviamente, ni las cerámicas ni las monedas, por sí mismas, desencadenaron los procesos de cambios culturales que se produjeron en las sociedades prerromanas, sino que fueron necesarios los contactos con comerciantes y mercaderes, que trajeron consigo las nuevas ideas, creencias y formas de vida, así como la propia estructura administrativa de Roma.

Las ciudades y la consolidación del poder.
Se considera que hasta finales del s. I a.C. no se puede decir que quienes habitaban el territorio albacetense habían asimilado ya la cultura romana, incluso conservando aún, durante algún tiempo, parte de sus tradiciones ibéricas.
El año 27 a.C., Augusto reorganizó las provincias  de la Península Ibérica, quedando dividida en tres provincias: la Bética, la Lusitania y la Tarraconensis. El territorio correspondiente a nuestra actual provincia de Albacete quedó inserto en la Tarraconensis, dentro del Conventus Carthaginensis.

En esta época, tres poblados ibéricos que anteriormente habían controlado el paso por importantes vías de comunicación que pasaban por ellos, adquieren importancia como centros administrativos de la categoría de municipios y colonias: Lezuza, hacia el oeste, en el paso hacia Emérita Augusta y hacia el sudoeste, en dirección a Cástulo; El Tolmo de Minateda, puerta de entrada hacia Carthago Nova; y la Piedra de Peñarrubia, hacia Cástulo, por un camino más meridional que el de Lezuza.

Plinio, afirma que Libisosa es una de las colonias a las que se les ha concedido el derecho itálico en su Naturallis Historia (III, 4, 25). Lezuza es poblada por itálicos y queda adscrita a la tribu a la que pertenecía el emperador, la Galeria. Augusto consolida la categoría administrativa del importante poblado que allí había, aplicando seguramente una política urbanizadora y de monumentalización y embellecimiento de la ciudad con edificios públicos y monumentos, como la escultura que los libisosanos dedicaron a Marco Aurelio, de la que nos ha llegado la inscripción de su base.
Además de Lezuza, adquirió gran importancia el Tolmo de Minateda, ciudad que por los datos arqueológicos corresponde a la Ilunum nombrada por el historiador Ptolomeo (una inscripción del Tolmo menciona a sus habitantes, los ilunitani). En el año 9 a.C. se erigió allí una inscripción que cita a Caesar Augustus y a algunos miembros de su familia, como Lucio Domicio Ahenobarbo y Nero Claudio Druso (Precisamente, una de las monedas romanas encontradas en Alatoz está dedicada a éste último pariente imperial).
Un tercer municipio romano era el de Los Villares (Elche de la Sierra) donde, probablemente, se habían trasladado los habitantes de la Peña de Peñarrubia. Posiblemente se trataba de la denominada ciudad de Ilici, distinta de la población alicantina del mismo nombre.
Las ciudades romanas extendían su dominio administrativo, económico y religioso a territorios de cierta amplitud. Eran centros receptores de artesanos, comerciantes, élites dirigentes, etc.

Las villas romanas.
Son casa de campo, agrícolas o ganaderas, situadas al amparo de las ciudades o alejadas de estas. En nuestra provincia, muchas de ellas fueron fundadas a finales del s. I a.C. o en las décadas inmediatamente posteriores, pero las más ricas fueron construidas o remodeladas a partir del s. II o, sobre todo, en el III y algunas fueron habitadas durante largos períodos de tiempo.
Se edificaron atendiendo a criterios de proximidad a las ciudades, pero también en razón a la existencia de terrenos productivos y a la existencia de buenas vías de comunicación. Algunas de las construidas en el campo, lejos de las ciudades o al lado de vías de comunicación son las descubiertas junto al Pozo de La Peña (cercana a Saltigi –Chinchilla-) y las de las comarcas de Hellín, La Manchuela, Lagunas de Ruidera, Almansa y los Llanos de Albacete. Erigidas junto a ciudades son las de Horca y Zama, cerca de El Tolmo o la de La Igualada, muy cercana a Los Villares (Elche de la Sierra). La más famosa es la de Los Villares o del Camino Viejo de las Sepulturas, en Balazote, cuya decoración gira en torno a las aguas, e incluye un complejo termal y un gran triclinium (comedor) con interesantes mosaicos.

Las necrópolis.
Gracias a ellas se deduce la continuidad entre pobladores ibéricos y romanos. En El Tolmo o en el Pozo de la Nieve de Torreuchea (Hellín), vasijas con bellas decoraciones ibéricas fueron tapadas con platos similares a la cerámica campanienses romanas. En Ontur, en el barrio de Las Eras, se descubrieron tumbas de los siglos III y IV. De esta 4ª centuria es la tumba de una niña, un sarcófago de mármol blanco con escenas de caza que contenía cinco muñecas de vestir articuladas de hueso y ámbar.
Del Tolmo de Minateda han llegado hasta nosotros algunos ejemplares de sarcófagos de mármol. Uno  de ellos tiene escenas del Antiguo y Nuevo Testamento (motivos cristianos) y procede de un taller romano del s. IV.

El arte romano.
Los íberos ocupantes de las tierras albacetenses, que años antes habían sido influenciados por las tendencias artísticas de la dinastía púnica de los Bárquidas, fueron captando poco a poco la influencia del arte romano, que empieza a manifestarse en las efigies de las monedas, ases y denarios republicanos, formas cerámicas y construcciones ornamentales que eran herederas directas del mundo clásico griego.
La arquitectura romana es más monumental y de sentido decorativo muy distinto. Roma aportaba el orden y la racionalidad, como muestra el antiguo templo del Cerro de los Santos (s. II a.C.), de más influencia itálica que griega. Llegó sobre todo en las ciudades: en Ilunum (El Tolmo), el poder de Roma  era mostrado al visitante tanto a su llegada, en la impresionante muralla de opus quadratum almohadillado, como en el interior, con edificios adornados con columnas y capiteles, cornisas y frisos decorativos. Igualmente, Libisosa era protegida con una muralla que guardaba un amplio foro, con muros retranqueados, columnatas y algún edificio religioso.
El tiempo y la incomprensión humana arrasaron las ciudades, que murieron lentamente. El mayor legado ha llegado hasta nosotros en la villas, que conservaron muchas muestras del lujo ornamental que albergaron, entre ellas magnificos mosaicos.
En menor cuantía, algunos restos escultóricos nos han legado un concepto del mundo romano esencialmente ordenado: Cabeza femenina del Tolmo, cabe