Reflexión sobre el concepto de paisaje.

Eduardo MARTÍNEZ DE PISÓN.

Catedrático de geografía de la Universidad Autónoma de Madrid.

 

Un concepto integrador.

Sin duda es un honor participar en la apertura de este encuentro. Pero también es un placer hacerlo hablando con ustedes del paisaje : más aun al participar en una iniciativa que camina hacia su protección, como explícitamente indica el subtítulo de esta Conferencia Europea.

Igualmente me incita a la reflexión, pues detrás de la palabra "paisaje" aparece no sólo un panorama destinado a la observación y a la comprensión, sino incluso una perspectiva de más hondura y, con ella, de más responsabilidad.

En efecto, el paisaje no es únicamente una "vista", aunque no es tampoco un "territorio" in más. Pero si considero la "vista" como una apreciación cultural del territorio, como una mirada con contenidos, doy un paso de complementariedad, quizá sustancial, que ya nos separa de la consideración del territorio como un mero campo pragmático. En otras palabras, si la planta tiene sólo territorio, el hombre puede alcanzar otros niveles. Pero incluso, el carácter formal de ese espacio terrestre con el que establezco una referencia cultural le otorga una radical concreción, que supera su posible consideración teórica como un campo abstracto. Por ejemplo, en el "paisaje" integro toda la información -objetiva e incluso subjetiva-, mientras un espacio económico puro puede considerar esa misma riqueza formal como mero ruido.

Así, primero, el concepto de paisaje encierra una morfología territorial, pero demás contiene ideas, imágenes, una cobertura cultural y vivencial. Parece, por tanto, que una de las características del ser humano, entre otras, es no ver sólo un territorio en sus escenarios, sino un paisaje. Esto equivale a decir que una parte de lo propiamente humano es esta capacidad de otorgar sentido cultural a su existencia y, en ésta, a su relación con el medio.

El paisaje es, pues, un nivel cultural. Esto plantea, sin embargo, dos lados del mismo problema. Los expresaba Victor Hugo en una acertada frase: "una cosa es el espectáculo de los Alpes y otra quién sea el espectador". Cien años después, otro autor alpino insistía en lo mismo: los paisajes tienen puertas invisibles que algunos no franquearán jamás; será el mismo amanecer, el espectáculo será idéntico, pero son los espectadores quienes no son los mismos hombres.

En este camino también participamos en las representaciones de los otros, dado que hemos revestido tanto los paisajes con nuestras proyecciones espirituales que no podemos, no debemos, disociarlos de ellas.

Es, como digo, una cuestión de cultura. Aunque debajo están también la materia y la vida. Por ejemplo, la mirada del campesino, que procede de una relación más directa, más empírica que la mía, entre las necesidades y la libertad, observa con otros criterios, otras experiencias, otras finalidades. Las referencias del territorio son muchas veces vitales y, sin duda, pragmáticas, pero también, como los sistemas de costumbres están asociados a 1 los lugares de modos expertos, cualificados, ello da lugar a unas geografías ordenadas por sistemas de historia, de aprovechamientos, de sentidos procedentes de las culturas propias.

Y como los paisajes no se ven sólo con los ojos, sino con el corazón, constantemente existen significados de los sitios que es necesario atender, pero que no siempre se pueden explicar.

En realidad, todo esto está implícito en el término "paisaje" en su uso más común, que integra tanto el lado del espectáculo como el del espectador. El título inicial de esta charla iba a ser, justamente, "el paisaje, un concepto integrador" , aunque luego derivó hacia una reflexión menos acotada. Pero no renuncio a esa idea inicial. En efecto, el artefacto-paisaje es una formalización de una globalidad de factores y elementos: es en sí una integración, una decantación formal de todos los hechos y de todas las miradas presentes en el espacio terrestre. Y de miradas ausentes, tal vez distantes del espacio local, de las que se derivan acciones, y en el tiempo, pasadas, en las que arraigan sentidos culturales otorgados. Por eso, obligatoriamente, ese concepto ha de ser integrador de objetos y fuerzas naturales y humanos, pues no hay sino relación de las cosas y de los instrumentos usados para entenderlas. Integrador, en consecuencia, de perspectivas y de métodos, tanto ambientales como sociales y culturales. Lo es también de relaciones internas y externas, de territorio y civilización, de espacios y decisiones, de intereses y miradas distintas, diacrónicas y hasta en conflicto. Igualmente lo es de tiempos, de evoluciones e historias, convergentes pese a sus distintos ritmos, al constituirse como un objeto formalizado abierto al cambio; de elementos pasivos y activos. Y debería ser, sobre todo, integrador de conceptos diferentes, de voces con distinto contenido parcial: una suma, no una fragmentación ni, por tanto, una Torre de Babel de pintores, ecólogos, psicólogos, urbanistas, jardineros, poetas y geógrafos...

No obstante, para partir de un punto establecido, que tal vez tenga por ello alguna solidez, debo hacerlo desde mi oficio -en mi caso el de geógrafo-, pero con la clara idea de ir hacia esa suma.

 

Una posible perspectiva para la integración

En mi profesión de geógrafo no hablo de nada nuevo. La "geografía del paisaje", arraiga en una práctica habitual en escuelas tradicionales que la usa como percepción de un objeto propio y como método de investigación y de exposición. Y los investigadores españoles hemos aprendido en este gran taller.

El panorama es amplio. La más visible tradición radica en la escuela alemana, que entendió los paisajes como plasmaciones morfológicas del territorio y mantuvo esta línea y la desarrolló en la universidad de pre-guerra, con excelentes trabajos en dos direcciones, el "paisaje natural" (geografía física) y el "cultural" (geografía humana). Tales plasmaciones morfológicas derivan de estructruras evolutivas que reflejan esos dominantes, aunque se influyan o condicionen mutuamente. En Francia adquirió notable entidad el concepto de paisaje como objeto espacial y como resultante tangible, como "rugosidad" o "artefacto" geográfico, producido por la adaptación del hombre al medio y del medio al hombre, como expresión del género de vida agrario y urbano, como decantación de la relación de la civilización y su espacio. También en Norteamérica, con gran brillantez teórica, C. Sauer, siguió y desarrolló la línea de los "paisajes culturales". Influida por la geografía alemana e influyente en la

francesa, los estudios de "paisaje" han conocido un notable desarrollo en la escuela rusa, como instrumento de aplicación tras la obtención de datos geoecológicos, que recibían un tratamiento cuantitativo: la ciencia del "geosistema" sería una denominación apropiada para esta aportación.

En la Geografía española el término ha sido usado con intención científica desde los años veinte. Ahí están las aportaciones, por un lado, de Dantín y de Hernández-Pacheco -con un peso esencial del medio físico- y, por otro, con un sentido cultural, de los escritos de Otero Pedrayo, que titulaba en 1928 uno de sus libros Paisajes... de Galicia; en él afirmaba ya que "el concepto de paisaje geográfico es de fundamental importancia y su exacta comprensión y aplicación de creciente interés". La contribución de Otero Pedrayo era una geografía para los sentidos y la razón, un itinerario cultural, por ejemplo, desde una parroquia de bocarribera, en la solana de granito de una casa antigua, hacia un horizonte de sierras azules y lejanas.

En suma: hay, pues, un término común heredado, dinámico conceptualmente, con numerosos perfiles y variantes, con manifiestas disidencias internas incluso, pero que, en esencia, hace referencia a lo siguiente: lo real en la faz de la Tierra se manifiesta a diversas escalas en configuraciones que llamamos "paisajes". Es paisaje es, pues, en este marco, bastante más que la "apariencia" del territorio: no es sólo una figuración, sino una configuración: tiene cuerpo, volumen, peso, es una forma. Su estudio es, por tanto, una morfología . Los paisaje son, efectivamente, los rostros de la tierra, la faz de los hechos geográficos.

Dicho de otro modo, los hechos geográficos o espaciales obedecen a estructuras o sistemas y a dinámicas naturales, históricas, sociales y económicas -unitaria y combinadamente- y se formalizan en configuraciones territoriales que llamamos "paisajes". Es decir: cualquier panorama responde a una forma y, si la analizamos, comprobamos que ésta reproduce, es efecto de una estructura geográfica y su evolución.

Ese término responde así, explicativamente, a toda la secuencia que va desde las causas y las fuerzas generadoras de formas territoriales a la concreción material de éstas y a la faz final que presentan e incluso a sus cambios.

Al recoger toda la complejidad física y humana del espacio geográfico, el paisaje aparece como un acumulador . Es, en frase de un conocido autor, Jesús García Fernández, un "totalizador histórico", pues muestra (configurados o latentes) los efectos de su proceso de formación. Eso no quiere decir que sólo sea como el "armario" del poeta, un "templo de recuerdos"; lo es, pero además indica que se arma sobre el conjunto de su historia. Posee concreción, realidad, formalización e individualidad, es decir, es un objeto geográfico posible en sí mismo, un modo de presentarse la realidad terrestre inmediata, perceptible.

Pero no acaba aquí la cuestión. Si, hasta lo que hemos dicho, el paisaje se muestra como la formalización o la manifestación formal del territorio, también tiene otros constituyentes que lo diferencian de éste. En la geografía clásica, en la que se acuñó el primer concepto intelectual de paisaje, se hablaba ya de los componentes materiales y espirituales de los modos de vida y de su adaptación al (o del) suelo. Se formulaba, pues, un lado perceptivo y cualitativo de la relación con el medio como un ingrediente de primera entidad.

El paisaje adquiere valores particulares con los significados, los sentidos culturales otorgados: los literarios, los pictóricos, los interpretativos, los etnológicos. Y hasta con los sentidos físicos: qué sería del Ártico sin el frío, del océano sin la sensación de humedad; es cualificador e identificativo el olor de los prados o el aroma de los retamares (un verdadero geógrafo debería superar el ejercicio de ser depositado con los ojos vendados en primavera en cualquier lugar de la Penísnsula Ibérica y saber con precisión la región en que se encuentra sólo por los característicos olores de sus campos). Es el significado de la luz de 1 la nieve y el de los sonidos-silencios, los producidos por las aves, por el torrente y por el trueno. Y por las campanas, como diferenciaba con sutileza Marc Twain los paisajes sonoros de la Suiza católica -identificada particularmente por sus tañidos- de la protestante. Es lo que reaparece en Herman Hesse cuando se refiere al Ticino, donde incluye el sonido de las campanas de sus iglesias como parte del paisaje.

De tal modo actúan los ingredientes culturales añadidos que lo cualifican de modo inseparable a sus rasgos materiales. Esto es así hasta el grado de la necesidad de una "geografía cultural" y hasta "sentimental" para comprenderlos íntegramente. Todos sabemos que en un paisaje se llega a identificar a un pueblo -sin entrar en las dosis en que esto pueda pasar-: pero este hecho palpable marca el grado de significado vivencial del "paisaje". En definitiva, el paisaje debería ser inicialmente entendido en la relación entre "norma" y "forma", con la indispensable condición de su espacialidad. Si el paisaje visible es la faz de una estructura territorial, sus vértices son, primero, la faz (el resultado) y el sistema (el origen). Pero, aun mejor, también el paisaje es la formalización totalizada del sistema o estructura espacial, nutrida por sus representaciones, imágenes y sentidos. Por tanto, los vértices del paisaje son en realidad su "estructura" y sus "significados".

De este modo, en una clasificación analítica, un paisaje aparece compuesto por la suma y combinación de: 1º, estructura y relaciones internas . 2º, forma y faz . 3º, función y relación externa . 4º, elementos . 5º, evolución (aquí es esencial la dinámica ). 6º, unidades . Y 7º, contenidos .

Aunque las intensidades relativas de estos componentes sean variables, no son separables sino a efectos académicos de estudio, es decir, se supone que consciente y provisionalmente.

 

Entre la estructura y los significados

1. La estructura podría denominarse geosistema, pero este término está empañado por diferentes acepciones. La estructura revela la totalidad de la máquina del paisaje: transformaciones, autorregulación, formalización, como un conjunto de elementos solidarios entre sí o cuyas partes son funciones unas de otras, cuyos componentes se interrelacionan, articulan, compenetran funcionalmente. La estructura es, pues, el zócalo vital del paisaje, pero tal estructura no está sellada.

2. La forma adquirida es realmente el paisaje visible, en cuya textura se realiza la existencia. La faz es sólo su aspecto externo y su percepción se refiere por conexión también a la forma, cuya rugosidad nos condiciona físicamente, e incluso a la estuctura que ambas reflejan, que percibimos intuitivamente o mediante un análisis reflexivo. Es, pues, la configuración.

3. Además, no hay espacio geográfico sin función . El paisaje se inserta en redes territoriales y regionales mayores y tiene funcionalidad a muchos niveles, fuertemente formalizada con elementos materiales. Las relaciones externas influyen en los paisajes incluso remotamente, como puede ocurrir en el caso de decisiones de política económica, de obras públicas, etc., de modo que los modelos funcionales cambiantes arrastran con ellos a los paisajes. El paisaje muestra vida porque posee energías, fuerzas y es un sistema de relaciones horizontales -geográficas- y verticales -ecológicas- entre sus componentes, sus conjuntos y con las áreas vecinas y con la región en que se incluye.

4. Los elementos de un paisaje son múltiples, diversificados y aparecen mezclados, combinadamente. Es necesario, sin embargo, identificarlos, jerarquizarlos, clasificarlos, entenderlos. Las agrupaciones de elementos, si existen, son igualmente individualizables y clasificables. Primero, con sus métodos específicos, pero también con los propios que permiten comprender su papel y significado en el paisaje, especialmente en la estructura, la forma y la función. Los elementos se suelen presentar con dominantes que definen preferentemente el paisaje. Los elementos de un paisaje son, pues, catalogables, diferenciables y expresivos de las modalidades geográficas y ambientales, son siempre los elementos cuidadosamente establecidos quienes permiten definir el carácter, las modulaciones y el estado del paisaje.

5. Los datos genéticos son explicativos. La historia es una vía primordial de entendimiento. Los paisajes son productos históricos, que fijan el proceso que los forma, pues son densos acumuladores de herencias: muestran su historia directamente. La historia del paisaje es, pues, un método y uno de sus valores. Se distinguen en él, sin embargo, como es lógico, cronologías muy distintas, que requieren modos de ordenación convergentes.

Los paisajes, por tanto, son esencialmente cambiantes, en razón de sus modificaciones estructurales, morfológicas y funcionales, pese a su inercia material, cada vez menos resistente. Tienen, pues, en este punto especial importancia, pero no exclusiva, las dinámicas .

El paisaje no es un escenario muerto, sino que transcurre, es un asunto. Es activo como conjunto en el tiempo y en el espacio y está compuesto por constituyentes no inertes, sino también activos. Quiero decir que no sólo muda, cambia, que no sólo está afectado por dinámicas, sino que el paisaje es dinámico; ésta es una de sus propiedades fundamentales.

En la cresta rocosa de esta montaña ahora próxima a nosotros se origina una caída de piedras, la nieve funde, la ladera se desliza lentamente, el bosque se transforma, el torrente de primavera crece y se acelera en la cascada que recula, el claro del robledal tiende a cerrarse, el antiguo bancal, ahora abandonado, es cubierto por los arbustos, las estaciones pasan... todo se mueve, cambia (y también "el ojo que lo mira"), pero, sobre todo, muda y vive el conjunto en diálogo coral.

El puesto de la dinámica en el conjunto del paisaje pasa por todos sus componentes.

Así, deberíamos hablar de "dinámica estructural", "dinámica formal", "funcional", "de los elementos", de las "unidades" y de los "contenidos".

6. Un paisaje es el resultado de la trabazón de diversas unidades de menores dimensiones y de distintas escalas. Se fracciona en ellas, pero sin perder su conjunto, su estructura jerárquica y articulada: es su relación. La cartografía de tales unidades a la escala adecuada es, así, lo que esclarece la constitución geográfica detallada y modulada del paisaje. Hay que advertir que, cuando se atiende con demasiado énfasis al proceso de individualización de unidades se puede llegar a fragmentar el paisaje. Por ello, se ha insistido en la conveniencia de su restitución tramada como un sistema escalar de agrupaciones. En este trabajo, que requiere el doble proceso de disociar y asociar, radica la configuración de la trama de lo que podríamos llamar la geografía interior del paisaje.

7. Más allá del conocimiento formal, externo, con sus cánones prefijados, organizado por otros, de la información así adquirida, está -finalmente- la vivencia del paisaje, su descubrimiento, su conocimiento en un nivel más hondo y personal, al que sólo se llega por la experiencia directa, ya que el paisaje es un entorno vital, una realidad sensible, no sólo materia. La cuestión es objetivar este asunto, hacerlo intelectualmente controlable, como se hace habitualmente con la literatura o con el arte.

El paisaje, pues, posee también contenidos culturales que lo cualifican, aunque sus constituyentes puedan no ser directamente visibles en las formas. Son estos significados 1 los que dotan al paisaje de valores añadidos. Los estudios de percepción desplazan estos significados del propio paisaje a sus observadores. Pero la valoración del paisaje reside en su carácter intrínseco y otorgado de cuerpo cultural. Un paisaje es un escenario común y heredado, que contemplamos y vivimos a través de una cultura y en un contexto histórico

y social. El paisaje, producto del tiempo, revela lo que somos como un legado y

patrimonio cultural, vivo y frágil, de notable mayor calado que su simple división en morfologías funcionales e inertes. Si es imposible, pues, separar paisaje y sujeto, se debe obrar en consecuencia: los paisajes son un don de la variedad geográfica, que se establece también, y no poco, en el corazón del habitante. Así, la dinámica de los contenidos expresa los cambios y las tensiones en las valoraciones culturales del paisaje.

Podría servir como ejemplo de la dicotomía cultural actual en este campo una percepción pionera de Herman Hesse, escrita en 1923 ( Madonna d'Ongero ): tras recorrer el autor un viejo camino del Ticino, del que pondera "los encantos tiernos, antiguos, un tanto desvalidos, un tanto extemporáneos", comenta: "yo amo entrañablemente todo esto y, sin ser enemigo del 'progreso', sin quejarme contra la marea viva de los cambios, lamento de corazón cada autopista, cada bloque de cemento, cada curso fluvial regulado a escuadra, cada poste metálico de conducción eléctrica... y cuyo espíritu ya ha agostado las raíces de este idilio. También en este rincón fenece el viejo mundo, también aquí la máquina reemplazará muy pronto a la mano, el dinero prevalecerá sobre la moral y la economía racional sobre el idilio, con toda razón, con toda sinrazón... y algunos de nosotros saben también, con el intelecto o con el corazón, que no se trata aquí de progreso o romanticismo, de ir adelante o volver atrás, sino de exterioridad e interioridad; y no le tenemos miedo al ferrocarril o al auto, sino a la superficialidad".

 

Una concepción cultural y moral.

Todo lo que hemos comentado nos conduce a una concepción cultural y moral, de la que no parece conveniente segregar el concepto de paisaje.

Por un lado, aparece, en efecto, una cuestión moral y una declaración de civilización, de estilo de cultura, en nuestro diálogo con el mundo. Sin duda, el hombre no está preso en sus paisajes, éstos no se le imponen de modo inexorable, en su relación con ellos se establece no una sujeción sino una expresión de libertad. Con ésta, la acción humana adquiere responsabilidad.

Por otra parte, la intensa influencia moral y cultural que son capaces de ejercer los paisajes en los hombres es un valor repetidas veces expresado. Por ejemplo, en 1941, Le Corbusier escribía que el espíritu de la ciudad se forma a lo largo de años, por lo que posee edificios y paisajes urbanos que simbolizan un alma colectiva y toman un valor intemporal: son el armazón que condiciona la formación de los individuos, como el país y las costumbres. Constituye así la ciudad -decía- una "pequeña patria" que comporta un valor moral indisociable.

Aquí, a fines del siglo XIX, Giner de los Ríos relataba la impresión de recogimiento que le había producido en un atardecer en esta Sierra -cerca de donde estamos-, profunda y solemne, que quisiera compartir y propagar, introducir -escribía entonces- en "nuestra detestable educación nacional", donde se pierde el "vivo estímulo con que favorecen la expansión de la fantasía, el ennoblecimiento de las emociones, la dilatación del horizonte intelectual, la dignidad de nuestros gustos y el amor a las cosas morales que brota siempre al contacto purificador de la Naturaleza ".

Pero con frecuencia la protección de este "agente moral" no es sencilla. Por ejemplo, si se ha perdido incluso la red geográfica tradicional, con su estructura y función, que dio forma a ciertos territorios o les dejó al margen, quedando los hechos paisajísticos como morfologías inertes, sólo es posible la continuidad vital de éstos en su inserción cuidadosa y hasta delicada en la nueva malla, donde sigan siendo viables y mantenibles. No es tarea fácil. El paisaje es donde se vive y sobrevive y ello conlleva tanto la utilidad como la calidad. El verdadero problema está en conducir el cambio de modo que el desarrollo no se pague en cultura, pues si, al mismo tiempo, el paisaje es una forma de manifestarse lo que somos, el desarrollo económico directo no debería tener como moneda de pago el consumo de tal patrimonio.

Todo parece pedir, pues, un papel de tal cultura en el control del sistema. Es decir, la posibilidad de ejercer una rectificación cultural del comportamiento del modelo funcional territorial que, dejado a sí mismo, consideraría estorbo o -como antes dijimos- mero ruido cualquier consideración paisajística.

Pero el patrimonio cultural del paisaje sólo se adquiere con información cualificada. Por lo tanto, hay que aprender y enseñar a leer paisajes, sus hechos y sus símbolos: sus sistemas territoriales y sus sistemas de imágenes, pues el grado de asimilación del concepto de paisaje manifiesta lo que podríamos llamar la cultura territorial de una sociedad.: "educar para leer y leer para educar", escribía el poeta Salinas: "la solución del gran drama de la lectura está, para mí, en la enseñanza de la lectura". Con cambiar lectura por paisaje tenemos la tarea establecida: la solución del drama del paisaje está en la enseñanza del paisaje. En aprender a sentir y a ver.

Pero, aunque lo que resta de nuestros viejos paisajes, testigos culturales, es un legado vulnerable, no todo es protegible con los instrumentos existentes. Ni es posible ni conveniente declarar a todo "espacio natural", ni todo es "monumento" en multitud de espacios en cuyos contenidos encontramos, sin embargo, nuestra identidad. Hay que buscar, pues, vías distintas a los instrumentos usuales de protección. Vías apropiadas al caso de los paisajes.

Pero, ¿cómo protegerlos?, ¿es posible crear un marco específico de política del paisaje?, ¿los contemplan los modos de tratamiento funcional del territorio -jurídicos, políticos, técnicos y económicos-, salvo como espacios productivos o como puntos seleccionados de enclaves de la biosfera o de elementos artísticos? ¿Es posible la revitalización del paisaje?

No tengo, lógicamente, capacidad para responder a estas preguntas, sólo para formularlas, instando a un trabajo en el que busquemos caminos reales de actuación: está claro que estas jornadas constituyen una importante fase de tal labor.

Todo esto, que aparece al inicio de este encuentro, no es, en suma, sino una cuestión de calidad de civilización, que requiere un tratamiento no sólo técnico, sino sabio. Sin duda es difícil hacerlo, pero ya decía Lope de Vega que "no estiman los hombres / las empresas llanas. / Todo lo que es fácil / como fácil pasa."

Quisiera terminar esta charla con una referencia al pintor español Javier de Winthuysen y con una frase suya, escrita en 1928. Debo aclarar que Winthuysen fue nuestro primer "paisajista" profesional, pues no sólo escribió con gracia y autoridad sobre esta cuestión o pintó bellos paisajes, sino que llevó a cabo conocidos proyectos urbanos y de jardinería que hoy se llamarían de paisajismo. Esta temprana especialidad es, pues, contemporánea de la ejercida entre nosotros en el primer tercio del siglo XX en pintura y literatura por conocidos artistas aún conectados a la Generación del 98 o derivados de ella, en el pensamiento por Ortega y Gasset y en Geografía por los ya mencionados Hernández-Pacheco, Dantín y Otero Pedrayo. Sumado a ello, para dar una rápida imagen de la formación personal que la permitió, podría bastar una anécdota significativa: su padre, que era ya concejal de parques y jardines del ayuntamiento de Sevilla, quiso pintar un día la fachada de su casa, pero, antes de hacerlo, fue a preguntar a su vecino de enfrente "qué color le parecía mejor. Como el otro le contestase que la casa era suya y que la pintase como quisiera, le contestó: No señor, porque yo estoy dentro y soy quien menos la ve y usted, en cambio, está enfrente y es quien más puede disfrutarla o padecerla"1.

Esta actitud, que podría resumir buena parte del talante paisajista en general, fue la escuela inmediata de Winthuysen, que permitió su adelantada y afinada profesionalidad.

Pues bien, en 1928, como decía, escribió anticipadamente nuestro autor una defensa del paisaje que tituló "Bellezas que desaparecen", que arrancaba diciendo: "si el salvaje adora la Naturaleza y el civilizado la comprende y ama, el hombre a medio civilizar la desprecia". Parecía con ella no sólo resumir con humor y acierto una situación habitual, sino también sugerir una tarea en la que todo sigue indicando que aún queda bastante por hacer.

 

1. Citado por Carmen Añón en "Javier de Winthuysen", Vv. Aa.: Jardines de España (1870-1936). Madrid, Mapfre, 1999, p. 92. La cita siguiente de Winthuysen procede de Estampa , 19 de Junio de 1928.