Una desaparición inesperada.

A Carlos Félix, por su hospitalidad.
A José María, por su amistad y a Gloria, que propició nuestro encuentro.
A la hospitalera de Hospital de Órbigo, cuyo nombre desconozco, por su amabilidad y clarividencia.

-¡Me cagüen la leche!... ¡No puede ser!... ¡Esto es increíble!... ¡Qué cabronazo es capaz de hacer eso!… ¡Joder!...
Estos improperios y otros más gordos, que no me atrevo a reproducir aquí, salían atropelladamente de la boca de nuestro amigo, el aprendiz de peregrino, como gusta llamarse, aquella mañana en el dormitorio del albergue de San Miguel de Hospital de Órbigo.
Sin embargo, para llegar a este punto hemos de retrotraernos a unas jornadas antes. Nuestro amigo nos va contando las circunstancias que desembocaron en ese estado, mezcla de confusión, estupor e ira desbordada.
Todo comenzó cuando, recorriendo el Camino de la Lana, llegó a Albalate de las Nogueras, en el corazón de la Alcarria conquense.
A la entrada de la población hay un bar y nuestro amigo no se lo pensó dos veces para pasar a refrescarse un poco y reponer sus maltrechas fuerzas pues el calor primaveral, que ya empezaba a apretar, hacía un poco más duro el plano camino que, serpenteando paralelo al río Albalate, le había conducido allí desde Torralba.
El bar estaba vacío. Entró, se quitó la pesada mochila y la acomodó con poca destreza en el suelo junto a una mesa. Torpemente, más que sentarse, se dejó caer sobre una silla y pidió una clara y un pincho de tortilla que engulló en un santiamén. Tanto el descanso como el tentempié le supieron a gloria. Después del reposo decidió recorrer el pueblo y visitar la iglesia, que tiene unos canecillos  románicos que quería llevarse de recuerdo en su cámara de fotos.
Atravesó la explanada que hay delante del bar, donde aún lucen los restos de una monumental olma que da nombre al establecimiento y, al llegar a la carretera que entra al pueblo, se dio cuenta de que, otra vez, había olvidado su bordón.
Su bisoñez caminera le empezaba a preocupar pues, en menos de veinticuatro horas, era la segunda vez que perdía su estimado bordón.
Lo había encontrado cinco días antes en un quejigal de Monteagudo de las Salinas. Procedía de una rama seca de quejigo. No era demasiado recto, aunque lo suficiente como para suponer un firme apoyo para caminar. Era algo grueso, pero lo bastante ligero como para no suponer una carga para nuestro peregrino. En resumidas cuentas, no es que fuese un bordón perfecto, aunque sí lo suficientemente bueno para que nuestro amigo lo adoptase pronto como su compañero de andadura. Además, le resultaría muy persuasivo para defenderse de los dientes de algunos de los perros sueltos que uno se puede encontrar en el lugar más insospechado de cualquier camino, especialmente en los menos transitados.
Además, consideró casi providencial que hubiese llegado a sus manos en un pueblo emblemático del Camino de la Lana como es Monteagudo de las Salinas: desde allí, en la lejana primavera de 1.624, Francisco Patiño, su esposa María Franchis y su primo, Sebastián de la Huerta, partieron en peregrinación hacia Santiago.
Nuestro amigo consideró, por tanto, un buen augurio que el bordón procediese precisamente de allí. Todo parecía concatenarse de la manera más propicia que podía imaginar. Llevaría hasta Compostela una parte de ese emblemático lugar.
En los días sucesivos fue acostumbrándose al uso del bordón, hasta convertirlo en una prolongación de su brazo. Unos días después ya lo trataba como compañero de viaje.
Pero, cuatro jornadas después, cerca de Torralba, tras haberse detenido en un área de descanso de un sendero local, lo dejó olvidado por primera vez. Su mala memoria y su inexperiencia caminera le costaron un kilómetro de camino añadido a aquella larga etapa. Como si la madera tuviese vida propia, al recuperarlo, reprochó a su bastón que hubiese decidido separarse de su compañía unilateralmente y por las bravas, a pesar del buen trato que le concedía.
Ahora, acababa de olvidarlo de nuevo en el bar y pensó que el bordón ya había decidido, por sí mismo y sin motivo alguno, divorciarse del peregrino. Aún así, éste retrocedió hasta el lugar donde lo había dejado, y lo recuperó otra vez.
Pero antes, al volver hacia el bar, escuchó una voz clara y fuerte dirigida, sin duda, a él. Esto le sorprendió, pues no esperaba un saludo así por aquellos lugares:
-¡Buen camino! –Oyó a sus espaldas-.
Al girarse, vio que se acercaba a él un joven en bicicleta. Éste le preguntó, antes de que nuestro peregrino tuviese tiempo de reaccionar y devolver el saludo:
-¿Vas a Santiago? ¿Supongo que estás recorriendo la Ruta de la Lana?...
-Sí. Así es. ¿Cómo lo has adivinado? -contestó, mostrando sorpresa al verse “descubierto”-.
-También soy peregrino, y tu equipaje y esa vieira de la bandolera te delatan…
Enseguida surgieron preguntas y respuestas por ambas partes sobre el recorrido por la zona.
Carlos, que así se llamaba el ciclista, se mostró interesado en saber algunas cosas del Camino de la Lana, que ya conocía por algunas referencias. Aunque trabajaba en San Clemente, volvía a menudo a la casa de sus padres y sabía que por su pueblo también pasa uno de los Caminos de Santiago.
Al ver que nuestro aprendiz de peregrino llevaba una guía de la Ruta de la Lana en su mano quiso verla para comprobar con detalle lo que ponía sobre su pueblo. La hojeó y dijo, sorprendido:
-¡Hombre! …El autor de la guía es Vicente Malabia, el cura que me casó… ¡Y, hasta habla de mi padre! …Dice que “Seve Racionero es de conversación fácil e interesante y es obligada una visita a su bodega-cueva”; así que,… ¡hay que obedecer!: vamos a verla y cataremos el vino nuevo…
A nuestro peregrino, claro está, este encuentro inesperado y las coincidencias descritas no le resultaron casuales. Así que, no puso ninguna objeción y le acompañó gustoso.
Primero fueron a su casa, donde Carlos le propuso cambiar su bordón. Le dio a elegir entre varios bastones, de diversos tamaños y distintas clases de madera, todos mucho mejores que el que muestro peregrino llevaba, así como algunas pequeñas calabazas, de un tamaño similar a un puño, que su padre había secado y preparado para acoplarlas a algún bordón.
Nuestro aprendiz de peregrino rehusó amablemente tan generoso e inesperado ofrecimiento, indicándole que ya se había acostumbrado tanto al suyo que le daba pena separarse de él. No quiso, pues, cambiarlo y tampoco cogió ninguna calabaza por suponer que no la necesitaría y que era demasiado engorroso cargar con ellas. Se consideraba un novato como caminante, todavía tenía muchas dudas respecto a lo que estaba haciendo y pensó que llevar la calabaza en el bastón era un poco ostentoso e incómodo. Su particular sentido del ridículo no se lo aconsejaba.
Su anfitrión cogió entonces algunas viandas caseras de apetitoso aspecto junto con la llave de su cueva y le invitó a visitarla.
Atravesaron el pueblo hasta alcanzar una zona donde abundaban esta clase de bodegas. Están excavadas en una de las bajadas al río y actualmente son el lugar de reunión de familias y grupos de amigos para charlar y saborear el vino de producción propia que guardan en ellas.
Cuando llegaron, acomodó los aperitivos y una botella de vino de su propia cueva y le mostró las tinajas utilizadas para la conservación del negro elixir, colocadas en un sinfín de huecos que habían sido horadados en la base de las paredes del compacto terreno característico de esa zona.
La cueva era enorme, un auténtico laberinto de túneles y estancias, una verdadera obra de arquitectura bioclimática que ha criado el vino que han bebido muchas generaciones de la familia durante varios siglos. La temperatura y humedad dentro del recinto deben ser constantes durante todo el año lo que, unido a la escasa luz, crea una atmósfera adecuada para que el vino allí fabricado y guardado adquiera unas características propias que le dan una personalidad única y lo diferencian de cualquier otro.
Durante un buen rato Carlos le contó cosas de su pueblo. Ambos hablaron un poco de sus vidas y, por supuesto, también del Camino de Santiago. Le dijo a nuestro peregrino que conocía a Vicente Malabia, el escritor de la guía que llevaba de la Ruta de la Lana, pues era el cura que ofició su boda. Nuestro amigo había conocido al autor dos días antes, también por casualidad, en su visita a la Catedral de Cuenca y le había dedicado la guía, deseándole un camino propicio.
Coincidencia tras coincidencia, se afianzaba aquella amistad naciente, creando los suficientes lazos de complicidad para hacerla duradera.
Casi sin darse cuenta, acabaron con las viandas que acompañaron las generosas raciones de vino en aquella confortable estancia. El momento de la despedida llegó finalmente y Carlos le confesó que envidiaba lo que nuestro peregrino estaba haciendo, y deseaba también, algún día, poder ir Santiago por el Camino de la Lana, desde su propia casa de Albalate de las Nogueras.
Fue un rato tan inesperado como agradable. Definitivamente, hospitalidad pura.
Pero tenía que despedirse y ponerse de nuevo en marcha. Carlos llamó con su móvil al párroco de Albalate de las Nogueras, que lo es también de Villaconejos de Trabaque, donde nuestro protagonista pensaba dormir. No respondió al teléfono, por lo que nuestro caminante apuntó su número para poder avisarle antes de llegar. Carlos le aseguró que el cura le facilitaría alojamiento, como así ocurrió.
Con el mareo producido por el vino regalado, se despidieron y decidió dar una vuelta por el pueblo.
 Se adentró así por sus callejuelas, cuyo trazado delataba su origen medieval y árabe.
En el centro de la Plaza, a la que se abren  Ayuntamiento e iglesia, hay una fuente sobre una grada con varios escalones, donde el peregrino dejó su bordón y su mochila mientras retrataba el lugar, especialmente la buena colección de canecillos románicos del templo.
Cuando el cansancio volvía a asomarse a sus piernas se dirigió hacia el río y se tumbó sobre un banco para sestear bajo la fresca sombra de un sauce llorón junto al puente medieval sobre el cauce del Trabaque, en un espacio ajardinado muy acogedor.
Tras un buen descanso decidió retomar el camino. Pero, nada más dar los primeros pasos, se dio cuenta de que le faltaba algo: había olvidado de nuevo el bordón al dejar sus cosas sobre el podio escalonado de la fuente, en la plaza. Comprobó que había pasado ya mucho tiempo desde el descuido y presagió que ya no lo recuperaría…
Era la tercera vez que lo olvidaba en menos de 24 horas y, además de maldecir su mala memoria, tuvo la certeza de que, en realidad, era el bastón el que había decidido abandonarlo a él. Intuyó que, habiéndolo dejado tan a la vista y en ese lugar tan céntrico, sería casi imposible que siguiese aún allí. A buen paso, volvió a la plaza pero, efectivamente, su presentimiento había resultado cierto: el bordón ya no estaba donde lo dejó.
Desde que lo encontró en Monteagudo de las Salinas, había ido puliéndolo con la navaja hasta conseguir suavizar su corteza y todos los nudos de aquella madera durísima. Así que, dejó de ser una rama bastante áspera y deforme para convertirse en un bordón de los que desearía poseer cualquier caminante.
A partir de ahora, tendría que continuar sin él. Finalmente, aquel pedazo de madera a cuya ayuda ya se había acostumbrado, se había salido con la suya y dejó “tirado” a nuestro peregrino. Había cambiado de dueño de un modo ciertamente ingrato…
Así que volvió de nuevo al puente, dubitativo y un poco triste por la pérdida, esta vez ya de forma definitiva. Para vengarse de la manifiesta infidelidad de su bordón, tuvo enseguida una brillante idea: le iba a buscar rápidamente un sustituto que incluso sería mejor que el que acababa de perder.
Por eso, de nuevo sentado en el banco junto al río, decidió telefonear a Carlos y le dijo que se había arrepentido de no haber cogido uno de los bordones que le había ofrecido hacía un rato y que ahora sí estaba decidido a aceptarlo. Y le explicó que, más bien, se debía a su mala memoria y a la poca costumbre de usar el bastón para caminar. Carlos le contestó que en unos minutos estaría allí.
Enseguida apareció con su coche, trayendo 3 o 4 bordones buenísimos y le dijo que eligiese el que más le gustase.
Escogió una vara de tilo de unos dos metros de larga. Era delgada, pero muy dura y resistente, bien seca, curada, ultraligera y casi completamente recta. Carlos usó unas tijeras de podar para recortarle las dos puntas y hacerla así un poco más corta, hasta dejarla con una longitud que sobrepasaba ligeramente la cabeza de nuestro amigo, permitiendo así un uso y manejo prácticamente perfectos. 
A cambio, el aprendiz de peregrino le ofreció su navaja de Albacete, una cabritera artesana, de hoja más recta que la típica navaja albaceteña, con mejor filo y sin freno. La llaman así porque, antiguamente, servía para descuartizar cabritos y corderos.
Carlos aceptó gustoso el cambio propuesto por sorpresa y prometió que la llevaría en el equipaje en su siguiente peregrinación, que deseaba hacer ese mismo verano desde Portugal.
Se despidieron, ahora definitivamente, llevándose cada uno su regalo. Este hecho, simple e improvisado, que nuestro peregrino tampoco creyó casual, acabó por confirmar complicidades y contribuyó a crear una buena amistad.
Este bordón sí que era un lujo, una “pasada”. Si se lo hubiese propuesto, no hubiese conseguido hacerse con uno mejor para llevar al camino. Le acabaría acompañando en adelante, sin problemas, convirtiéndose en su compañero inseparable.
Aunque, a fuer de sinceros, hubo un momento en que también lo dejó olvidado en el bar donde comió en Villalcázar de Sirga y tuvo que desandar unos centenares de metros para recuperarlo.
Ciertamente, como buen compañero de viaje, había compartido fatigas, conversaciones e, incluso, algún que otro reproche con su nuevo bordón. Éste le había ayudado a defenderse en más de una ocasión de aprietos con forma de afilados colmillos que algunos perros ansiaron clavar en sus carnes. Caminaba muy a gusto con su ayuda e incluso esperaba que su vara le durase muchos años, para acompañarle y hacerle más fácil su andadura en los próximos Caminos a Santiago.
Nada más atravesar el Pisuerga, en Itero de la Vega, nuestro aprendiz de peregrino conoció a José María, caminante (como a él le gusta que le llamen) de Barcelona. Congeniaron al instante y, juntos, caminaron hasta alcanzar la ciudad del Apóstol.
Seis días después de su encuentro llegaban a Hospital de Órbigo.
Al llegar al albergue de San Miguel, tras cruzar el puente del Paso Honroso, la hospitalera les indicó a ambos que debían dejar sus bordones y el calzado en un rincón del zaguán de entrada, donde ya había varias decenas de bastones y de pares de botas pues, como siempre, los dos peregrinos llegaban entre los más rezagados a su alojamiento.
Había, por tanto, signos de que aquella noche dormirían allí muchos peregrinos y, efectivamente, gran parte del albergue estaba ocupado. Curiosamente, fue también el único lugar donde la hospitalera les había ayudado a subir sus mochilas hasta el piso superior, donde estaban los dormitorios, las duchas y los aseos. Iban bastante cansados, por lo que agradecieron este hospitalario gesto.
Aquella jornada, el aprendiz de peregrino y su compañero de camino trasnocharon bastante, manteniendo una animada e interesante conversación en el patio interior del albergue, aprovechando que el lugar y el ambiente eran muy agradables.
Al despertar, como casi siempre, eran de los últimos en salir del catre. En parte, porque también eran los últimos en ir a la cama. Después de asearse comenzó a reorganizar la mochila y fue entonces cuando su compañero de fatigas, que subía por la escalera, le dio la triste e inesperada noticia:
-Creo que te has quedado sin bordón… No está donde lo dejamos anoche… Seguramente, alguien se lo ha llevado y, debido a que destacaba demasiado, no creo que haya sido un error casual… Quien lo ha cogido lo ha hecho a conciencia de que se apoderaba del mejor bordón que ha visto en su vida…
Efectivamente, bajaron y comprobaron cómo algún ladronzuelo desalmado decidió aquella mañana que, por ser el más madrugador, tenía derecho a elegir el bordón que más le gustaba, sin preguntar si su dueño lo necesitaba para caminar…
Tras unos momentos de estupor, incrédulo, el peregrino reaccionó de forma irracional, automáticamente, como un resorte, indignado y maldiciendo sin contemplaciones a toda la genealogía del supuesto ladronzuelo. No esperaba ni comprendía cómo alguien que hacía el camino de Santiago, supuesto camino de perfección y todo eso, podía haber cometido semejante tropelía.
-¡Me cagüen la leche!... ¡No puede ser!... ¡Esto es increíble! …¡Qué clase de cabronazo es capaz de hacer eso!.. ¡Joder!... ¡Si encuentro al que lo lleva, se lo va a comer!...
Fue tal el “rebote” y la indignación que manifestaba que, durante el desayuno, la hospitalera le dijo:
-¡Hombre!... Esa actitud tuya no tiene en cuenta que estamos en el Camino… y hay que tratar de reaccionar de forma más respetuosa… Quizá haya sido para que comprendas que no hay que tener demasiado apego a las cosas y que no existe nada que sea obligatorio poseer…
-Bueno,… sí… creo que puedes llevar razón, -le contestó, conteniéndose e intentando fingir que asumía el suceso- …quizá quien lo cogió lo necesitaba más que yo…
Pero, en realidad estaba muy confundido y tan cabreado y ofuscado que sólo alcanzaba a considerar que nadie tenía el menor derecho sobre algo que le pertenecía sólo a él.
Su obcecación le convertía en un ser irracional y egoísta. Le dolió demasiado perder su bastón de aquella manera tan inesperada, mientras dormía. Tras diecinueve jornadas y más de quinientos kilómetros de compañía, el regalo que había recibido en Albalate de las Nogueras, había desaparecido…
El afecto que representaba para nuestro peregrino la reciente amistad con Carlos y la naciente y creciente admiración por todo lo que significaba el camino de Santiago, materializado, en parte, en su apreciado bordón, había volado por los aires en un instante. Con total seguridad, ya no volvería a verlo.
El aprendiz de peregrino me contó que era como si le hubiesen robado un trocito del recuerdo de su primer camino de Santiago, un pedazo de su afecto por el mismo y sentía además que la recién estrenada amistad, simbolizada por ese bordón, se dañaría por su culpa, por haber descuidado la custodia de su regalo.
Totalmente confundido, se sentía un poco frustrado y culpable por haber perdido para siempre aquel fetiche,… se consideraba un irresponsable. Le habían robado delante de sus narices parte de su Camino y él no había podido hacer nada por evitarlo.
En su intransigencia, pesaba más el daño irreparable, pero subjetivo, que le habían causado, que el hecho ciertamente objetivo de que, en realidad, no somos dueños de nada, ni de nuestro tiempo, ni tampoco de nuestras posesiones y, mucho menos, de nuestros deseos o de nuestras ilusiones, ni de nuestros sentimientos ni de nuestros sueños… En definitiva, tardó mucho tiempo en reconocer algo tan obvio como que ni siquiera somos dueños de nuestras vidas…
Nuestro peregrino me confiesa que, a veces, aún se pregunta por el motivo que llevó a aquel ladronzuelo a robarle su bordón, pero le reconforta el recuerdo de aquellas palabras de la hospitalera durante el desayuno, que martillean aún sus oídos:
-“...Quizá se trata de una prueba para que aprendamos que no debemos estar atados a la posesión de las cosas…”
Aquella reflexión le resulta tan espontánea y sencilla como sabia.
Nuestro aprendiz de peregrino reconoce ahora que estaba muy próxima a la verdad…

 

Pedro A. Serrano.
Alpera, 30 de diciembre de 2.008.